Irse. No decir nada e irse. No dejarse localizar, llegar a un pueblo porque si y a otro por si acaso. No decir tu nombre si nadie te lo pide. Vivir por vivir, solo para no estar donde te esperan, para no desesperarse por los que se desesperan por ti. Romper los lazos que acabas de hacer para seguir protegido en tu propio silencio, recopilando imágenes y recuerdos que van borrándose unos a otros.

Sin amigos, sin enemigos quizás tampoco, el extranjero, ese que llega a serlo hasta en su propia casa, en su propio cuerpo, se enfrenta a uno de los demonios más temidos hoy: la soledad, que fue alguna vez una forma de integridad y fortaleza, pero que se ha vuelto una temible debilidad que nadie se permite ya.

Obsesionados todos por ser ubicables, comunicables, visibles hasta cuando jugamos a no serlo, quizás envidiamos más de lo que podemos admitir a éste, que sin celular ni objetivo definido, entra en los hospitales sin temer perderse. Ese que viaja por la única razón que solía viajar antes: para irse.

Rafael Gumucio 

(via inhala-exhala)

(Source: spidersymbiotes, via mi-soliloquio)